— Pero, ¿ves? Yo soy incapaz de pensar un motivo o racionalizarlo. Si me preguntan porqué ella, no puedo hacer más que quedarme en silencio. Mudo. La amo con lo absurdo de amar, desde su sexo hasta sus miedos.
— Sí, te entiendo, pero no es más que una amistad. Una masa de complicidad que con todo ello, todavía consigue empalmarte. Es decir, para mi esa magia sí puede ser racionalizada. Todo lo que empieza por una pasión primitiva y termina con lo incondicional no es más que aquella persona con la que conectaste hasta la saciedad y que, de alguna forma, consiguió desarrollarse junto a ti entre picos y bajones. Esa es mi actual idea del amor; aquella gran amistad que necesitas follarte.
— Creo que le das demasiadas vueltas. ¿Qué te hace pensar que no puedes aspirar a esto? Unos muebles de Ikea, dos sueldos estables, la simpatía que despierta fregar los platos del otro... aún cuando están llenos de mierda. No digo que necesites esa aspiración, pero el sol va amaneciendo y tú necesitas de esa persona como si se tratase de tus mismos pulmones. El sentimiento no es de conformidad, sino de magnetismo.
— ¡Eso no es más que romanticismo barato! Toda esa idea de la expectativa, de "Ella" o "Él", de un pequeño estudio en los bordes de Montjuïc y hacer cenas temáticas una vez cada pocas semanas. Eso es algo que a día de hoy me hastía y me devasta. Con la cantidad de mundo que hay ahí fuera, de culturas, de lenguas, de amor y poesía, de relatos y flores, de habitaciones sucias y sueños rotos ¿y se supone debo quedarme mirando desde la misma nube como brilla el sol en tantísimas direcciones? Ni loco. Ni pensarlo. Yo he nacido para otra cosa, para los viajes y el exceso. Las historias breves e intensas, las películas y el drama. Me importa poco la clase de sacrificios que deba de hacer. Si Ella está en algún lugar de mi camino, espero encontrarla sosteniendo un pasaporte o mirando desde la cima de alguna montaña, ¿me entiendes? Tiene que estar preparada para liquidarme y devolverme a la decadencia que por nacimiento me pertenece.
— No podrás sostener ese estilo de vida por siempre.
— En eso estamos de acuerdo. Hay que morir.
— Sí, te entiendo, pero no es más que una amistad. Una masa de complicidad que con todo ello, todavía consigue empalmarte. Es decir, para mi esa magia sí puede ser racionalizada. Todo lo que empieza por una pasión primitiva y termina con lo incondicional no es más que aquella persona con la que conectaste hasta la saciedad y que, de alguna forma, consiguió desarrollarse junto a ti entre picos y bajones. Esa es mi actual idea del amor; aquella gran amistad que necesitas follarte.
— Creo que le das demasiadas vueltas. ¿Qué te hace pensar que no puedes aspirar a esto? Unos muebles de Ikea, dos sueldos estables, la simpatía que despierta fregar los platos del otro... aún cuando están llenos de mierda. No digo que necesites esa aspiración, pero el sol va amaneciendo y tú necesitas de esa persona como si se tratase de tus mismos pulmones. El sentimiento no es de conformidad, sino de magnetismo.
— ¡Eso no es más que romanticismo barato! Toda esa idea de la expectativa, de "Ella" o "Él", de un pequeño estudio en los bordes de Montjuïc y hacer cenas temáticas una vez cada pocas semanas. Eso es algo que a día de hoy me hastía y me devasta. Con la cantidad de mundo que hay ahí fuera, de culturas, de lenguas, de amor y poesía, de relatos y flores, de habitaciones sucias y sueños rotos ¿y se supone debo quedarme mirando desde la misma nube como brilla el sol en tantísimas direcciones? Ni loco. Ni pensarlo. Yo he nacido para otra cosa, para los viajes y el exceso. Las historias breves e intensas, las películas y el drama. Me importa poco la clase de sacrificios que deba de hacer. Si Ella está en algún lugar de mi camino, espero encontrarla sosteniendo un pasaporte o mirando desde la cima de alguna montaña, ¿me entiendes? Tiene que estar preparada para liquidarme y devolverme a la decadencia que por nacimiento me pertenece.
— No podrás sostener ese estilo de vida por siempre.
— En eso estamos de acuerdo. Hay que morir.
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