Ni la esgrima de sus pestañas equilibra mi universo. Las cortinas cambian de color, y a pesar de que su seda barata me rasga cuando cruzo, jamás cuando me detengo. Parecía que el sol se asfixiaba cuando su cabello colgaba del balcón, pero ya solo quedan los resquicios sombríos de sus curvas. La Diosa de la masturbación, el más vil juez de la existencia. Así es; hoy he atropellado a la mariposa.
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