Lo cierto es que para él, no había estación más aburrida que Verano. Cada año sucedía de forma neutral, sin absolutamente nada más exótico que el vulgar tostado de las pieles y la irreductible obviedad solar. Para él, Verano no era más que una línea trazada en mitad de las dunas y que transcurría de forma estrictamente regular hasta el horizonte, sin más humedad que la que se posaba en los labios de aquellos mediocres que la seguían a ciegas. En cambio, Otoño era otro tipo de deidad, otra forma de nación. Un paraje de bosques torcidos y dorados, donde afloraba el romántico y se extinguían las masas. Otoño era la única estación en la que él podía sentirse libre de exhibir las piezas de soledad quebradas en el desayuno. Bellas, silenciosas. Solía escribir cartas a los amores que se fueron, para enterrarlas bajo la tierra seca de algún árbol sin nombre, con la esperanza de que renacieran con la llegada del viento y la inercia de Primavera. Pero nunca llegó a presenciar el milagro. Él amaba a Otoño porqué vivía en sus huesos la melancolía de mantenerse erguido. Porqué sus cartas eran manjar de hongos y lombrices, de muerte digna y respetuosa a la verdad. Otoño era el último paso hacia la cruda realidad con la que transcurre la vida; creación, inocencia, júbilo y decadencia. Una puerta entreabierta entre el pozo y el vacío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario