No se puede dormir
con tanto (ruido).
Por el viento que arrastra
las heridas de los enamorados,
por el barro tímido y pétreo
de camino al hogar.
El insomnio fúnebre
de las tormentas del alma,
la alarma de las ocho y cuarto
que es la de las nueve,
porqué su piel arde y ahí fuera
siempre es invierno.
Tanto silencio que vuela
en sobres de palabras y nunca
terminan de acariciar los oídos
de ella o él,
¡Y la feroz presencia de aquellos
que pusieron raíces a la salida
de las puertas del vagón
para que no pasases!
Porqué nadie es merecedor
del triste espectáculo
que ofrece la existencia.
Toda la verborrea del tren
que obliga a vernos al atardecer,
y el sonido agudo y punzante
de las cadenas que se amontonan
cuando ves que cada día que pasa
es el mismo día.
No se puede dormir con tanto (ruido) ahí fuera.
Por la polución que generan
los besos dados a la mejilla
teniendo los labios tan cerca
y los abrazos que presionan desganados
si por arriba o por abajo,
con todos esos coches
que pasan con la radio
sin saber bien a dónde van,
pero que deben.
Y ya ni hablar de los pájaros
que ofrecen su canto al alba,
aunque ya nadie sepa de pájaros
pero sepan a qué saben.
Tantas llamas que se prenden,
tantas otras que se apagan.
De verdad que hay ruido ahí fuera,
en la soledad del durazno,
en la danza de las magnolias,
en el drama del poeta o
la fragilidad del destino que predicen
los posos del café.
Aunque no me gusta mucho el café,
y el destino tiene pinta
de hacer tela de ruido.
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