Se diluyen las cadenas del compromiso cotidiano, del orfeón nocturno; de sus palabras más necias. Las lágrimas de los que lo intentaron fluyen por los ríos desteñidos que aguarda la penumbra entre sonrisas inocentes, entre mordiscos de violetas. La marea es ahora tan pesada como el aire, alardearon los héroes que miraron a la ignorancia con ojos ensangrentados y danzaron como títeres aún cortados por sus hilos. En los oscuros degradados que dejó la incertidumbre solo encontramos timidez, sol de verborreas y dulces de engaño. Transformémos la nostalgia de un deseo ya pasado en las sombras de una burla, en los ilusionados pétalos del confuso reflejo poseído. ¡Fui yo! Condenadme ahora por pasiones injustas, matad a la serpiente y adornad mi cuello con el brillo de sus cascabeles. Cierro mis ojos y ella está al lado, tan ligera como el perfume. Su pelo dibujó mis noches, de sus ojos florecieron cielos y en mi bolsillo solo encontré un hijo y cinco centavos. En su techo se pintó el rostro del ego ingenioso, del monstruo en el que nos convertimos.
El fruto más onírico, de la distancia más cercana.
El fruto más onírico, de la distancia más cercana.
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