Es tanta la necesidad arrojadiza de sentir que todos se escurren
por mis dedos. Guardo en un cofre de
madera infranqueable las avispas temporales que osaron acercarse, los llantos
de los niños en los que me convertí y alguno del que quise ser ahora. Como una
nube de verano planea relajada por los verdes de los campos; por los pozos de
ladrillo ya olvidados por las aguas del avance. Quiero relamer los placeres del
cuarzo más brillante, del fulgor de las vaginas más osadas. Deseamos ser un mar en la ilusión de los bizarros cuentos que
nuestros abuelos nos narraron. Los pasillos eran largos y yo miraba desde el sueño tan lejano. Conocí a esas brujas y esos magos, hablé de sus
milagros y sus punzantes, y caí en la conclusión de que ninguna verdad en
la tierra guarda bajo llave las entrañas de la conclusión. Por favor, que ni mis
brazos son tan fuertes ni mis temblores tan valientes. Que los valientes miran
decisivos la fragilidad de su porcelana y yo…
Yo olvidé lo que hubo al otro lado de aquel muro llamado Identidad.
Yo olvidé lo que hubo al otro lado de aquel muro llamado Identidad.
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