Toda esa leyenda popular acerca de beber para olvidar, para enterrarle a él o ella. Alguna vez lo creí y me propuse perderme entre venenos y perfumes, esperando ver alejarse su fantasma en la niebla de mi pecho. Al contrario; cada vez que alcanzaba un estado alterado de mi propia consciencia, no podía evitar ver todos los brillos que componían su tez y las nubes refugiadas en sus ojos. ¿Os imagináis la ironía? Hasta el placer y el exceso más mediocre se volvía divino cuando volvía a mi cabeza, como si guardase en la nuca una bestia vestida en oscuridad y encadenada al olvido, acechando el momento para rebanarme el cuello. Cada vez que me alejaba de la realidad, la veía. En cada reflejo posaba su peso sobre el mío, me cantaba, salía a recoger arándanos caída la noche, besaba mis manos con la primera luz de la ventana. A veces pienso que mi mundo le ha otorgado una estación, un punto de eterno retorno. Verano, otoño, invierno, primavera... Ella.
Acaso, ¿cómo se llamaba?
1 comentario:
Brutal
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