que me devuelva lo robado.
Que ya no busco oro
en los tesoros que conquisto
ni espero calma en el desierto.
Ya ni hablemos de la sed
del silencio cuando baila
— De mis alas que se pudren —
del tiempo que sentencia
la llama y la ceniza.
Quizás ponga algunas flores
al jarrón que custodia mi ventisca;
de esas que besan el octubre
y alumbran la muerte del mediocre.
Que den a entender que maduré
y que sigo siendo bobo.
El abuso y el libertinaje,
el Gato negro en la ventana
y la poderosa demasía del error
que degusto como arándanos.
¡Eso es!
El exceso sabe a arándanos.
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