Cuánto cuesta un sorbo de tu mano,
en esta noche que nos teñimos de blanco
como si al hablar nos ahogase la pálida
y lo último que pudiéramos hacer de este minuto
fuera la eternidad.
Siempre visto armadura al nadar
porque tropiezo con los peces miserables
que componen la línea de planetas
que intervienen al nacimiento
y te juro que si vuelves a hablar del mar,
volveré a casa abrazando un amatista
con el frío acero de un sable
que se posa sobre mi.
Voy a tener que advertirte que no supe regar
ni una sola flor de mis jardines,
que desaprendí a fumar por miedo del espejo
y de lo oscura de mi sangre
y aunque pueda parecerte extraño
puedo amar hasta el último de tus alientos
porque aquel que ama una vez
guarda en sus fibras la memoria infinita
del sacrilegio que implica enamorarse.
Y ahora entre conjuros y grumos de tierra fría y seca
extingo el cantar de un tibio sol de octubre
por sonsacarte con la más dorada de mis palabras
cuánto cuesta un sorbo de tu mano.
Aunque sea esa la mano que protege por un lado
y que apuñala por el otro.
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