Manta de azabache

A veces se hace nudo en mis brazos, como una amante que no quiere despedirse. Se remueve en el colchón y me abraza, y me empuja, y me aplasta. Nunca sabrás si fueron garras o terciopelo, y en el momento más inesperado, encenderá el sol o la luna; según lo que resulte más doloroso. Cierra los ojos lentamente, se duerme en mi pecho y me habla de poesía en silencio, llevando consigo las cicatrices de la libertad. ¡Eso es! Una amante libre, un quetzal. Lloré tanto sus heridas como si en mi piel adherirse, y bebí tanto sus lágrimas como albas tiene el tiempo. ¿Y qué haré sin tu inocencia? Dime tú, ¿en qué tipo de cabrón me convertiré? Ojalá pudiera volver atrás, pero el deseo de añorarte es majestuoso. Nunca he conocido un sentimiento tan sublime, tan de guerra y paz. No hay ego, ni furia, ni consciencia o realidad, y así con un orgasmo te recuerdo difusa en el instante, con la intensidad de diez milenios. No me faltes nunca, toma asiento en mi memoria. Duerme conmigo ahora, aunque estés sin estar.

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