Está sonando una canción tradicional laosiana, una de estas con flautas nacidas en la jungla y palabras que son melosas de pronunciar, de las que no se entiende absolutamente nada. El autobús no deja de saltar por el terrible estado del asfalto, y a la mitad de mochileros que hay dentro se les ha debido olvidar hacer la colada. No sé si me explico. En este mes que he pasado viajando por Tailandia me las he arreglado entre lavabos y piedras de río, frotando con fuerza mis ropas con una pastilla de jabón y, claro que es efectivo, pero cada día recorro una cantidad imponente de kilómetros con mi hogar sobre los hombros y a veces resulta tedioso.
Cuando llegué a Bangkok, lo primero que hice fue sonreír. No porque el avión no se hubiera estrellado, sino porqué no sabía en qué coño había pensado para acabar solo en esas tierras. Disfruté del caos de la ciudad y pasadas dos noches puse rumbo a las islas del este. En el bus que me llevaba al puerto, conocí a alguien con tu mismo nombre. Pensé toda la noche en cuántas posibilidades había de encontrarte a más de ¿60.000 kilómetros? de distancia, pero teniendo en cuenta que guardo una pieza de ti entre las costillas, al final cedí a la obviedad del universo. ¡Ay! Dame un momento, el conductor ha parado para hacer descanso y nunca se sabe cuando puedes volver a estirar el culo.
Vale, listo.
He palpado las antiguas ruinas de Sukhothai con la yema de mis dedos, he sentido el calor en mis mejillas al encender una lámpara de luz en el festival del Loy Kathrong, en Chiang Mai. He hecho amigos increíbles, y he aprendido a prescindir de ellos. También aprendí a conducir una moto en la ciudad, y con esta nueva habilidad recorrí toda la provincia de Mae Hong Son, junto a la frontera con Myanmar. Creo que este lugar me dejó una porción de sus lagos y sus gentes clavada en la piel. ¡Debiste de verme, con mi casco y mis gafas de sol a lo John Lennon, cruzando las colinas como el protagonista de un western! Ahora ya crucé a Laos. Estuve unos días en las montañas y aldeas de Luang Namtha, recién voy de camino a Nhong Khiaw (o algo así), a ver qué se cuece. Tema a parte, creo que lo más racional y correcto sería dejar de escribir esta carta, puesto que la acción solo es un intento desesperado de mi pecho por estrechar la distancia que yo mismo sentencié. Es decir, todo esto es una artimaña de lo emocional, para recrear la seguridad de volver a verte en el futuro. Pero esta vez, creo que debe de ser diferente, ¿no crees? Voy a pensarlo en frío, un frío glaciar, y decidiré dejar de esperanzar a los mares, para dar paso a la realidad más cruda y terrenal. Definitivamente, no voy a publicar nada de esto.
PD: Son las 22:43 h. Acabo de llegar a Nhong Khiaw, es precioso.
Cuando llegué a Bangkok, lo primero que hice fue sonreír. No porque el avión no se hubiera estrellado, sino porqué no sabía en qué coño había pensado para acabar solo en esas tierras. Disfruté del caos de la ciudad y pasadas dos noches puse rumbo a las islas del este. En el bus que me llevaba al puerto, conocí a alguien con tu mismo nombre. Pensé toda la noche en cuántas posibilidades había de encontrarte a más de ¿60.000 kilómetros? de distancia, pero teniendo en cuenta que guardo una pieza de ti entre las costillas, al final cedí a la obviedad del universo. ¡Ay! Dame un momento, el conductor ha parado para hacer descanso y nunca se sabe cuando puedes volver a estirar el culo.
Vale, listo.
He palpado las antiguas ruinas de Sukhothai con la yema de mis dedos, he sentido el calor en mis mejillas al encender una lámpara de luz en el festival del Loy Kathrong, en Chiang Mai. He hecho amigos increíbles, y he aprendido a prescindir de ellos. También aprendí a conducir una moto en la ciudad, y con esta nueva habilidad recorrí toda la provincia de Mae Hong Son, junto a la frontera con Myanmar. Creo que este lugar me dejó una porción de sus lagos y sus gentes clavada en la piel. ¡Debiste de verme, con mi casco y mis gafas de sol a lo John Lennon, cruzando las colinas como el protagonista de un western! Ahora ya crucé a Laos. Estuve unos días en las montañas y aldeas de Luang Namtha, recién voy de camino a Nhong Khiaw (o algo así), a ver qué se cuece. Tema a parte, creo que lo más racional y correcto sería dejar de escribir esta carta, puesto que la acción solo es un intento desesperado de mi pecho por estrechar la distancia que yo mismo sentencié. Es decir, todo esto es una artimaña de lo emocional, para recrear la seguridad de volver a verte en el futuro. Pero esta vez, creo que debe de ser diferente, ¿no crees? Voy a pensarlo en frío, un frío glaciar, y decidiré dejar de esperanzar a los mares, para dar paso a la realidad más cruda y terrenal. Definitivamente, no voy a publicar nada de esto.
PD: Son las 22:43 h. Acabo de llegar a Nhong Khiaw, es precioso.
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