Guarecido ante la noche, que con grandes ojos vislumbra mi cobardía. Las sábanas son inútiles ante el glaciar de mis pies, y yo sé que mi credibilidad es tan absurda como los cien rostros que me constituyen, pero si algo aprendí, es a mirar el futuro con la pasión incierta que mi intuición permite. Me veo a mi mismo como la aguja de un reloj girando de su antónimo, echando la vista atrás por si se ha perdido algo, y no; lo perdido siempre estuvo en mi. El pasado me persigue, y me abofetea con la debilidad que me identifica, así que permanezco inmóvil ante la pantalla esperando que una emoción llegue. ¿Dónde? Ni yo mismo lo sé bien. Mañana empiezo a correr, hasta donde llegue, y con suerte exudaré la maldad que contengo entre mis manos. Pero mañana siempre excusa, y te veré. Con suerte en la intemperie de mi ser.
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