Obsidiana

Cuando conozco a una mujer, lo último que quisiera preguntarle es su nombre. Los modales se esfumarían como hojas en el viento, y su figura, tan insegura ante el despiadado desinterés... Todas tienen un color y un escenario, pero eso es algo que solo yo puedo ver, y cuando merece la pena, exijo estén en su lugar. He conocido a algunas tan introvertidas como el mar... melancólicas como el azul pálido; una brisa de llanto endeble, la mirada perdida e incoherente del "qué pasará". Así, hundido en mi descortesía, todo cuanto puedo decirles es que a menudo suelo desaparecer. Sucede justo en el instante en el que las voces se callan y yo me hallo en la luz cenital de un foco que me descubre. En ocasiones, todo cuanto les dejo ver es el rastro granate que deja mi aura en las aceras del invierno. Alguien me mencionó en burdeos, mas desposado del disfraz absurdo de catador existencial, la diferencia es impronunciable. Lo que nunca les confieso (y en esto soy extremadamente firme) es que desaprendí a amar con la rapidez con la que vida es muerte. Busco de vosotras la parte más cálida de mi, el beso que mejor me constituye, y así como un rompecabezas, recompongo el alma de lo que creo ser al tacto en vuestra tez, al oscuro de una cabellera o lo frágil de una promesa. Yo soy la eterna búsqueda, el putrefacto cúmulo de bilis negra, la sombra en vuestros hoyuelos, un puente tallado en madera; húmedo e inestable. Yo soy la obsidiana en el recuerdo.

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