Cerezo

Cada vez nacen más lunares en mi piel, y menos lunas en mis noches. Supongo se debe a la eterna y fugaz necesidad de nadar en los mares del vacío, de transitar la pulcra y siempre vengativa senda del desconsuelo. Me resulta irritante sentir la pasiva social como un galardón de lo singular, o un mérito disparatado a las fibras sensibles que confeccionan mi yo más oscuro, y a ratos veraz. Debe de haber negro en la divinidad, pues la idea de venerar lo mejor de mí me produce náuseas aprensivas; la luz es tan brillante como tediosa. Veo un almendro en el patio de la arboleda a la que ahora llamo hogar, prudente y reservado, que mantiene todo el año un rostro taciturno y poco afable. Paso por delante de él cada día, y aunque apenas conversamos, siento conocerle mejor que su misma naturaleza, nada dispar, en mi opinión, a mi propio ser. Cuando las partículas del viento recorren cálidas su fortaleza y en sus tierras se experimenta el equilibrio universal, concede pétalos que arropan su robusto en rosados de vestido. En ese instante la fortuna que ofrece saludar a semejante ser cuando amanece, resulta laxa y vulnerable; algo elegante y sugestiva. Sin embargo, dueño del silencio, desposa sus ropajes, teñida ya la superficie, y él queda desnudo de nuevo tan exasperante. No veo justo conceptuar que tal estremecedora belleza resida en lo efímero del espectáculo, e igual de inverosímil es el cuervo en su banquete, a ojos del desierto. Lo erróneo es la ventana desde la cual miramos, o nos dicen debemos mirar. En fin, la almohada espera, con fortuna custodiada por el alado, la tinta levita alta e inalcanzable, y si mis saltos no alcanzan nada haré, que crecer es de valientes y el apoyo en vuestras figuras se disipa a la vez que mi interés.

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