Permítanme descomponer el holocausto bajo las miradas indiscretas que condicionan nuestra perspectiva personal. Si le preguntamos a un judío, lo más probable es que con la cabeza inclinada hacia el suelo nos hable de desastre, dolor y exterminación, así como el político justificará la hecatombe como un desagradable acuerdo de intereses sociales. El pintor lo describirá entre espátulas y crudos trazos adornando la crueldad de sus escenas, y un psicólogo les intentará convencer de que la tortura fue desatada por un gigante complejo emocional de Hitler fruto de su homosexualidad. Ahora bien, ¿Conocen ustedes la respuesta del individuo creativo? En su oficio se les enseña a justificar las entrañas de lo conceptual, dando a luz las sombras más oscuras experimentadas por una sociedad que desconoce cómo materializar las pesadillas en vocablos e imágenes. Sin duda alguna, la respuesta del creativo ante el desagradable sería: Dramas de contraste oscuro, ríos rojos compuestos por lágrimas de discordia. En otras palabras, ¿Ustedes imaginan un largometraje del imperio Nacional Socialista, abrazado por una Alemania vestida de rosas? No, señores. Negros y rojos; esos son dos de los colores que con más sinceridad resumirán la violencia salvaje que azota a nuestra especie, oculta entre los bosques. La violencia de género implica el mismo acto infortunado de esa naturaleza absurda y tan nuestra. Cuando alguien roba a su semejante una de sus lágrimas con motivo de su sexo, la dramaturgia y el miedo pintan las paredes de los grises más pálidos y el carmesí más desdichado. El creativo lleva, en este caso, la responsabilidad de llevar un mensaje de terror y realidad que sobrevuele los oídos inocentes y los corazones más rocosos. Deberá comunicar a sus compañeros que el cese deberá ser inmediato, y se castigará con feroz karma e indiferencia a aquellos que no alcen sus manos con símbolo de compasión. Años de conocimiento y aprendizaje lleva el comunicador a sus espaldas y fue desafiado por los muros que con disfraces de burocracia exigen descomponer con gusto el cambio a horas de ser juzgado, ¡qué ironía! De pensar en su pueblo tanto como en la satisfacción de su estómago, dejarían al héroe fundir su espada en los dragones que custodian la libertad con la que el cielo es bendecido. Nuestro cielo. Que no sobran más oscuros por menos incompetentes, ni faltan marcos por no ser comprendidos. Que la obra fue impacto y pregnancia, y si quieren cruzar los laberintos de su “ingenio” ineficaz y desvanecer la furia con la que el hombre tumba a su madre, que así sea. Vestirán con delantal a un mono y le pedirán pasteles, habiendo pasteleros. Hay que joderse.
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