Extiendo mis brazos, los exhibo ante el reflejo helado que ahora emana de la tierra. Camino con los ojos cerrados bajo el manto de universo que gobierna cada grumo de arena. Las noches en el desierto son tan puras y delicadas como el beso que esperamos. Me tumbo y recojo de su cuerpo, así desvaneciéndose entre mis manos pienso en si mis cenizas levitarán del mismo modo. ¿Será consciente el planeta de mis caricias? Puedo abrazar la reverberación de cada grito esperanzado. Un lugar donde la burla es un guiño tímido, donde lo lejano se vuelve palpable y las canciones se componen sin papel. Las perlas de luz elevan nuestro espíritu y nos hablan. Dejo atrás mis huellas y al mirar a lo lejos lo veo; allí donde se cruzan todas las dunas hay gente esperando mi llegada. Sonrío y dejo caer mi peso sobre sus manos.
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