Chocolate

Por aquel entonces salía siempre con algo de chocolate negro envuelto en el bolsillo interior de la chaqueta. Las veces que reflexioné sobre esa acción, determiné que lo refugiaba en mis prendas por una ansiedad ejecutada en segundo plano, una de esas nadas aburridas y con sabor a rancio que rascaban entre las costillas.

Así pues, cuando me rodeaba el exceso pero este se volvía inútil, yo sacaba y partía un trozo de chocolate. Si la cerveza no subía; chocolate. Si la música no convencía; chocolate. Si mis amigos eran imbéciles; chocolate. En una de esas noches, ya ingerido el cacao, se me acercó a hablar una chica. Por lo visto, era la amiga de una amiga que estaba por allí. Definitivamente ella iba peor que yo. Entre la charla se acercó a mis labios y me dijo; —Huele a algo, pero no sé a qué—. Le expliqué sobre mi afición al chocolate y sus ojos se abrieron como planetas. —¿Te queda algo?—, le respondí que no. De pronto rozó su nariz con la mía, me miró directa a los ojos y entreabrió su boca. —Me encanta el chocolate, ¿sabes?—.

Su amiga la cogió del brazo y la apartó de mí. —¡Claudia, relájate! No hace ni dos semanas que tienes pareja!

—¡Joder, pero hará tres que no tengo chocolate!

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