Fénix

Ya no hay pájaros brillantes en el cielo,
porque la tengo más cerca de lo que debería.
Entendía algo ligero sobre el amor,
por su extraña afición de adelantarse al destino.

La protegía un cabello color incendio y temblaba
como las manos de alguien que conoce a alguien.

Todas las veces que deletreó libertad
era porque la susurraban algunos libros
que hablaban del mar, y hombres y mujeres
cuyas alas nacían en el pecho,
y en su espalda solo habían cicatrices
de desgarrarse saliendo de la cueva,
emanando ese perfume suyo a subversivo.

Había nacido para la discordia y la melancolía
igual que yo, y que otros muchos condenados
y a pesar de que la bilis latía en su bazo,
era intensa y enérgica en su nostalgia,
como una pluma besada por el viento.

Nos hemos cruzado alguna vez de forma absurda
y el tiempo me dejó robarle abrazos
pero el afecto lo limitan sus recuerdos.
Quizás si su fragilidad fuera de barro
y un corazón cálido la refugiase,
esta se volvería mariposa
y podría vivir por siempre en un armario
donde los vestidos no fueran blancos o negros.

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