El tren de medianoche

Cuando el tiempo es aliento
efímero de la espera, sentado
sobre la estrella que nos lleva
a los campos de nostalgia,

y los trenes pasan eternos
e iluminados de ilusión,
le digo que recuerde ese instante
antes de que yo desaparezca.

¿A ella? le dije cuánto le escribí,
le hablé de todas esas veces
que vislumbré su cabello danzar
sobre las siluetas de mil desconocidas

allá en la ciudad.

Pues una espina es tan sólo eso,
una espina,
siempre y cuando su imagen
se asemeje a una mujer,

más cuando la mujer vuela de su piel
y se convierte en símbolo
es ahí, mis más queridos amigos
cuando perpetua tu existencia

un pedazo de ella incrustado
en un rincón del alma.

Y si el destino me ofrece el regalo
de olvidarla, pues lo haré...

Olvidaré el camino,
los campos y sus brazos,
su piel y su regazo,
sus sábanas y vestidos
sus besos y defectos

y quedará perenne en mi pecho
un ligero aroma a limón,
mientras su recuerdo se ausenta
con los barcos y los mares.

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